Por estos días, la televisión y las redes sociales transmiten imágenes que dan cuenta de acciones de grupos de personas  que pretenden promover aquello que para ellos/as es la correcta forma de desarrollar la vida del colectivo de integrantes de una sociedad, desencadenando un intenso debate, a veces profundo, otras, casi merodeando  lo abyecto.  Nada objeta que las personas elijan llevar su  vida como mejor les plazca y que expresen libremente sus pensamientos. El problema se plantea cuando se intenta imponer vetustas concepciones que desprecian la elección de vida que otros/as han tomado y mucho más, cuando la forma y medios en la que se efectúan,  puede significar desencadenar  el fanatismo de otros, que biblia en mano han expresado un absoluto desprecio por el semejante y más aún, una evidente incitación al odio. Es que lo que para algunos/as es tan natural, divino y biológico, no necesariamente lo es para otros/as.  En otras legislaciones, como la española, acogiendo los principios del derecho internacional de los derechos humanos, como el de la no discriminación, han profundizado tipificando como delito aquellas acciones de grupos que incitan o motivan a la violencia sobre sectores minoritarios de la población. El profesor Sergio Politoff, habla de incitación al odio y hostilidad discriminatoria cuando un grupo de personas, conglomeradas o por medios de difusión pública, mediante palabras o acciones, exterioricen una opinión discriminatoria que revele menosprecio hacia otros/as, moviendo con ello a otros receptores del mensaje a asumir esa violencia contra diversos segmentos de la población, como pueden ser  los integrantes de un grupo racial, étnico o de opción sexual, etc. Se trataría de un verdadero preludio de violencia. La historia de Chile ha sido testigo de cómo el fanatismo ha desencadenado en muerte. La evolución de la sociedad mundial se encamina desde su orden jurídico internacional hacia la aceptación y respeto de los seres humanos. En tal camino, a veces se hace necesario sancionar desde la ley los llamados de violencia. Mientras ello no ocurra,  es tarea de cada uno enervar esa latente equivocación que nos impide comprender que lo único que nos hace iguales es que somos distintos.  

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